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Nuestra Señora de Montligeon

Nuestra Señora de Montligeon

Hay obras de la Iglesia que nacen en aldeas minúsculas y terminan alcanzando al mundo entero. El Santuario de Nuestra Señora de Montligeon, en Normandía, es una de ellas: la levantó un sacerdote pobre, movido por la compasión hacia las almas que sufren, para ofrecer a los católicos de todo el planeta un centro permanente de oración por el purgatorio.

Un dogma muchas veces olvidado

Conviene recordar antes lo que la Iglesia enseña. El Concilio de Trento afirma que el purgatorio existe y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles, y de manera muy particular por el sacrificio del altar, es decir, por la Santa Misa. La Escritura ya lo insinúa en el episodio de Judas Macabeo, que mandó ofrecer sacrificios por los soldados caídos para que quedaran libres del pecado. San Agustín, entre otros Padres, recomendaba con insistencia socorrer con nuestras oraciones a quienes ya han partido.

El purgatorio es un estado de purificación. Quienes mueren en gracia de Dios pero conservan penas por expiar o apegos por purgar son retenidos hasta ser dignos de la visión beatífica. Están salvados, pero sufren; y ya no pueden merecer nada por sí mismos. Solo nosotros, todavía peregrinos, podemos aliviarlos con oraciones, limosnas y, sobre todo, con la Misa.

El párroco de La Chapelle-Montligeon

Esta doctrina encendió el corazón del padre Paul-Joseph Buguet (1843-1918), nacido en Bellavilliers, en el departamento de Orne. Era hijo de un humilde fabricante de zuecos y de una hilandera, y creció en la estrechez material y en una fe robusta. Ordenado sacerdote en 1870, el mismo año en que estalló la guerra franco-prusiana, comprendió pronto la urgencia de las realidades eternas.

En 1876 fue nombrado párroco de La Chapelle-Montligeon, una aldea pobre y olvidada de la diócesis de Séez. Aquel mismo año tres muertes lo marcaron para siempre: su hermano Auguste, aplastado por la caída de una campana, y sus dos sobrinas, que murieron poco después consumidas por la pena. Anotó entonces en sus papeles que había tardado demasiado en emprender la obra que llevaba proyectada: aliviar a las almas del purgatorio.

Una obra universal de sufragios

En 1884 nació finalmente la Asociación en sufragio de las Almas del Purgatorio, puesta bajo la protección de la Santísima Virgen. La idea era sencilla y grandiosa a la vez: crear una inmensa familia espiritual en la que vivos y difuntos quedaran inscritos para participar de manera perpetua de las oraciones ofrecidas en Montligeon. El corazón de todo es la Misa celebrada cada día por las almas inscritas.

El obispo de Séez aprobó la fundación ese mismo octubre. El padre Buguet recorrió las parroquias del Perche y después otras diócesis francesas, predicando y organizando inscripciones. En 1893 León XIII elevó la asociación a archicofradía y en 1895 le concedió el título de Prima-Primaria, convirtiéndola en obra madre de todas las asociaciones semejantes del mundo. En Roma se abrió una secretaría y comenzó a celebrarse a diario el Oficio de Difuntos en Santa María in Montesanto.

Para sostener y difundir la obra, el párroco fundó una imprenta en el propio pueblo, que publicaba boletines, folletos y estampas. Así unió sus dos grandes anhelos: el sufragio por los difuntos y un trabajo digno para los obreros de su parroquia.

La basílica

La vieja iglesia del siglo XVI se quedó pequeña ante la multitud de peregrinos. En 1892 Buguet decidió construir un templo mayor, en estilo neogótico. La primera piedra se colocó en 1896 y la primera Misa se celebró el 1 de junio de 1911, pese a dificultades financieras casi insalvables y a las críticas de quienes lo tomaban por un visionario. En 1913 el edificio fue reconocido como sede oficial de la archicofradía.

Libertadora y Puerta del Cielo

El título con que se venera a María en Montligeon expresa su misión maternal: Nuestra Señora Libertadora de las Almas del Purgatorio, «Libertadora y Puerta del Cielo», según reza el altar mayor. La escultura del santuario la representa descendiendo al purgatorio e inclinándose con ternura sobre las almas que sufren, para conducirlas después a la gloria.

No es una simple imagen piadosa: expresa la doctrina católica sobre la mediación de la Virgen. Cristo es el único Mediador necesario entre Dios y los hombres, pero María participa de esa mediación de modo subordinado, real y eficaz, como Madre del Redentor. Ya san Bernardo lo decía: en los peligros, en las angustias y en las dudas, piensa en María e invoca a María.

Montligeon sigue hoy recibiendo peticiones de todo el mundo y ofreciendo cada día la Misa por las almas inscritas. Es la prueba de que una caridad sencilla, sostenida con perseverancia, puede convertirse en un río de gracia que atraviesa generaciones.

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